PRóLOGO
Soy ciego y hoy comienza la primavera
Hace algunos años estaba en Rosario, Argentina, visitando la catedral de la ciudad, cuando de repente sentí un leve mareo que me obligó a tomar asiento. Mientras recuperaba el tono vital, me quedé observando la arquitectura del templo: la superposición de épocas y estilos. El altar mayor, neoclásico, construido con mármol de Carrara y traído por partes desde Italia en el siglo XIX; otro, gótico, más pequeño, desplazado a un lateral cuando fue reemplazado por el anterior; la cúpula bizantina original del xviii. En fin, diferentes edades de la Iglesia relacionadas unas con otras en una misma estructura. Entonces pensé: ¿y si en lugar de un tenue mareo me hubiera desvanecido unos instantes y al recuperar la conciencia no consiguiera, a primera vista, situarme?
La dispersión se hizo cargo del interrogante.
Me podría encontrar en una iglesia de Granada o de Lima; en la catedral de San Patricio en Dublín o en la de La Habana, o en la metropolitana de Ciudad de México o en la de Southwark en Londres. Todas las posibilidades estaban abiertas.
La analogía con un mall americano fue inmediata.
De Seattle a Santiago de Chile y de Dubai a Barcelona, el modelo del mall-cuyo sistema de organización podemos encontrar también en los aeropuertos y en algunas áreas de las grandes ciudades como la City de Londres o la de Buenos Aires, el Azca de Madrid o La Défense de París-es similar al modelo de globalización que desarrolló la Iglesia. Todos los centros comerciales son iguales, en todos encontraremos un Starbucks, tiendas de Calvin Klein y Gucci, un McDonald’s y un Burger King, cadenas de restaurantes italianos, chinos y japoneses y, por supuesto, cines multiplex.